Continuamos con la bella historia de nuestro amado Señor donde se nos narra cuando Él lavó los pies a sus discípulos. Todo este relato nos habla de “la íntima comunión que tiene el Señor con los suyos, es decir con sus discípulos; comunión que también debemos mantener los hermanos entre nosotros; así como también nos enseña la importancia de modelar una de las principales virtudes que modeló el Señor ‘la humildad’.

En nuestra capítulo anterior, recordemos que con un amor humilde Jesús se quitó su manto externo y se ciñó una toalla para de esa manera realizar una de las tareas que solo le correspondía hacer a los esclavos, ‘lavar los pies sucios’. Asimismo, esto también representa su muerte, pues se despojó de Su deidad, dejando Su trono de gloria y vino a la tierra en condición de hombre, para luego morir una muerte de Cruz, con la cual vertió Su preciosa sangre que nos limpia de todo pecado; resucitó y está vivo.

La sangre del Señor borró todos nuestros pecados y ahora somos una nueva criatura, pues al momento de recibirlo a Él como nuestro dueño y Señor ‘nacimos de nuevo’. Pero sucede que aún estamos en el mundo y necesitamos que el Señor lave nuestros pies cuando estén sucios, debido al recorrido que hacemos diariamente en nuestro caminar en la fe, y ese lavamiento el Señor lo hace a través de Su Palabra, la cual es tipificada por el agua; así pues el Señor nos dice hoy: «Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39); y espero que nuestra respuesta sea: «¡Oh, cuánto amo yo tu Palabra! Todo el día es ella mi meditación» (Salmo 119:97).

Este relato nos habla del momento en que el Señor termina de lavar los pies de Sus discípulos y se vuelva a poner su manto externo, se cubre nueva vez. Es decir con esto el Señor nos enseña que debemos llevar siempre la “toalla” de humildad, y estar dispuestos a quitarnos nuestra vestidura externa en cualquier momento, para así modelar una de las virtudes que forma parte de Su carácter ‘la humildad’, hacerla nuestra, de manera tal que se refleje siempre durante toda la vida.

Bien amados hermanos y amigos, Jesús nos encomienda lavarnos los pies los unos a los otros «Porque Yo les he dado el ejemplo, para que hagan como Yo les he hecho a ustedes» (Juan 13:15). Él siendo el Maestro, nuestro Señor y Rey, lavó los pies sucios de los suyos; igual debemos hacer nosotros tal como nos explica el Apóstol Pablo en Gálatas 6:1 «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado».

Por otra parte, vemos como Jesús les recuerda a Sus discípulos “que Él sabe a quienes había elegido”, y les deja ver que será traicionado, esto refiriéndose a Judas, (a quien Él también le lavó los pies); esto el Señor se los dijo para que los discípulos más adelante se recordaran que Jesús sabía todas las cosas, y que aunque dentro de su círculo de íntimos estaban el traidor, pudieran entender que éste formaba parte del plan salvífico. No estoy diciendo con esto que el Señor evitó que el fuera regenerado por la Palabra, sino más bien que Judas mismo se propuso continuar viviendo en la maldad y ser usado por el enemigo y el Señor sabía que esa era su actitud, y eso lo utilizaría en Sus propósitos.

Recordemos siempre lo que el Señor nos dice en Juan 13:16 «De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió». Debemos modelar siempre la humildad la cual no es selectiva ni exclusiva, es una virtud para presentar a todos, el Señor es Dios y lo hizo, nosotros somos Sus siervos y debemos imitarlo en todo.

Pues bien, vemos ¡qué bueno y fiel es nuestro Dios! pues nos promete que seremos bendecidos ‘si hacemos estas cosas’; esa es una condición para recibir muchas de las bendiciones que el Señor tiene para nosotros. Apartémonos del orgullo y oremos para que se cumpla en nosotros lo que dice Mateo 11:29 «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas».

Quiero finalizar recordándoles, como les he dicho anteriormente, que con este estudio que realizo no pretendo dar una certificada y legítima interpretación de la Biblia, sino más bien expresar desde “mi perspectiva particular” en apego a los conocimientos propios obtenidos por el estudio personal de las Escrituras, la revelación del Espíritu Santo, así como por las enseñanzas compartidas por hombres eruditos de la Palabra de Dios. Espero que estos estudios les sirvan a ustedes para iniciar sus lecturas propias, las cuales sean transformadas en “escudriñar con gozo los tesoros que se encuentran en la Biblia”, de manera que también puedan identificar y ofrecer una aplicación especial y personal a sus vidas y así ser saciados del manjar que el Señor nos brinda en su santa y bendita Palabra.

Dios les bendiga

Sandra Núñez