La base de nuestra fe es que “Jesús es Dios”. Sin embargo, para otros simplemente es un “personaje extraordinario”, un profeta, un maestro, lo cual es cierto también, pero Jesucristo no es solo eso, Él es Dios.

Nuestro Amado Señor Jesucristo vino a la tierra en naturaleza humana, se despojó de Sus diferentes facetas como “Dios”, pero sin perderlos, es decir de su condición exaltada y gloriosa, y se hizo como uno de nosotros, a diferencia de que nunca pecó.

Jesús creó el mundo y todo lo que en el habita, participó en su formación, sin embargo, al tomar forma humana y pese a que todo el Antiguo Testamento hablaba de Su venida, aun así las personas que Él mismo creó, no lo reconocieron.

El vino a Su “propio hogar”, no vino a una tierra, ni pueblo extraño, sino a Israel, el pueblo que había sido escogido por Dios, el cual había gozado de múltiples bendiciones y milagros, en fin, del todo el tierno cuidado de Dios.

Vino a Israel, aquella nación que le hubiera recibido con los brazos abiertos y el corazón lleno de alegría. Ellos le hubieran dado una hermosa bienvenida como el “Mesías” esperado, anhelado; como al Rey que llega a Su nación. Pero en cambio le rechazaron, le recibieron con desdén y odio, en lugar de gozo y “adoración”. Sí, adoración como Dios que es, y como tal debemos adorarlo, alabarlo en espíritu y en verdad, pues a esos adoradores son lo que Él busca, (Juan 4:23).

Jesús vino a Israel, llamada muchísimas veces en la Biblia:
• Pueblo especial, (Deuteronomio 7:6).
• Especial tesoro de Dios, (Éxodo 19:5).
• Posesión de Jehová, (Salmo 135:4).
• Pueblo santo para el Señor, y Pueblo único, (Deuteronomio 14:2).
• Su exclusiva posesión, (Deuteronomio 26:18).
• Porción y heredad del Señor, (Deuteronomio 32:9).

En la Biblia en muchas ocasiones se refiere a “los suyos”, siendo estos los más íntimos de Jesús; Su familia; Su propia nación; Su pueblo escogido a los que Cristo fue enviado primero mas ellos “no le recibieron”, pues donde vivió lo rechazaron. (Mateo 13:58; 15:24; Lucas 4:28).

Ese rechazo a Jesús sucedió hace más de dos mil años, pero lastimosamente hoy en día continua ocurriendo lo mismo, pues debemos recordar que en esa época Él vino a lo judíos, “Su identidad étnica”, pero como lo rechazaron entonces también vino a los “gentiles”; es decir, a nosotros los que no somos judíos, pero aun así, sin importar la raza étnica, muchas personas no le han aceptado como su Salvador. Dios preparó y continúa preparando a todos los hombres, mujeres y niños de este mundo para aceptar a Cristo como su Señor y Salvador, y poder llegar a ser conjuntamente con Él, “hijos de Dios”.

Muchas personas dicen creer en Jesús, pero con sus hechos lo niegan, otros definitivamente se han negado a dar la bienvenida al “Señor”, ¡qué triste!; en fin no permiten que Él reine en sus vidas.

Sin embargo existe una esperanza salvadora, Jesús sigue siendo nuestro Salvador y Redentor. Podemos leer en Juan 1:12 que a todos los que le recibieron -Judíos o gentiles-; si creyeren en Su nombre, Dios enviará Su Espíritu, el cual transforma, purifica y llena del amor divino, debido a la sangre vertida por Jesús en el sacrificio de la cruz, y entonces se convertirán en "hijos de Dios y clamarán: Abba, Padre" (Romanos 8:15).

Quiero finalizar recordándoles, como les he dicho anteriormente, que con este estudio que realizo no pretendo dar una certificada y legítima interpretación de la Biblia, sino más bien expresar desde “mi perspectiva particular” en apego a los conocimientos propios obtenidos por el estudio personal de las Escrituras, la revelación del Espíritu Santo, así como por las enseñanzas compartidas por hombres eruditos de la Palabra de Dios. Espero que estos estudios les sirvan a ustedes para iniciar sus lecturas propias, las cuales sean transformadas en “escudriñar con gozo los tesoros que se encuentran en la Biblia”, de manera que también puedan identificar y ofrecer una aplicación especial y personal a sus vidas y así ser saciados del manjar que el Señor nos brinda en su santa y bendita Palabra.

Dios les bendiga

Sandra Núñez