La “Fuente de Bronce” era un contenedor lleno de agua que estaba colocado en el Atrio, entre el Altar de Sacrificio y el lugar Santo. Esa agua debía ser usada diariamente.

Este segundo mueble nos habla de la “Palabra de Dios”. Dios no dijo a Moisés sus medidas ni tampoco la cantidad de agua que debía contener, por lo que el mismo Moisés tuvo que establecer las dimensiones de ese mueble. Espiritualmente esto nos dice que la dimensión es personal; que cada creyente decide cuanto conocerá de la Palabra de Dios; cuanto la estudiará; si la aplicará a su vida o la pondrá por obra, etc.

En Juan 13:1-11 el Señor Jesús nos muestra lo que representa la “Fuente del Bronce”. Al celebrar la ultima cena con sus discípulos, Él se pone a lavarles los pies. «Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo» (Juan 13:8). Pensemos, esto nos dice que debemos permitir ser lavados diariamente por la Palabra de Dios, pues de lo contrario no tendremos parte con Cristo, es decir no tendremos comunión con Él, no le conoceremos ni sabremos que le agrada a Dios; en fin como dice la Palabra «Perece mi pueblo por falta de conocimiento» (Oseas 4:6a).

El material utilizado en esta fuente fueron los espejos (hechos de bronce) que voluntariamente entregaron las mujeres judías. Esto es figura de que la “Palabra de Dios revela quien eres”, evidencia la condición de vida del creyente, como está delante de Dios y de los hombres. También nos revela que las mujeres dispusieron su corazón para entregar con gozo y por amor a Dios algo que les pertenecía a ellas y representaba un objeto de vanidad.

Por otra parte, los sacerdotes del antiguo pacto vestían un atuendo hermoso, pero debían estar descalzo para recordarles que sus pies tocaban la tierra y se llenaban de polvo por lo que debían lavarse y limpiarse antes de pasar al lugar Santo. También nosotros los creyentes que hemos sido redimidos con la Sangre de Jesucristo la cual nos limpió del pecado, estamos todavía en contacto con el mundo por lo que en nuestro caminar en la fe nuestros pies se ensuciarán y debemos acudir a la Palabra de Dios para que nos limpie y purifique, de manera tal que logremos “vivir en santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).

El hecho de que fuera una fuente que permitía al sacerdote ver su cara reflejada en el agua, y que dicha agua debía permanecer limpia para poder quitar las impurezas; permite asumir que había un pequeño recipiente para tomar el agua desde la fuente y lavarse, es decir que los lavamientos no se hacían introduciendo las manos y los pies en el agua. Esto es símbolo de que debemos “accionar”, Cristo hizo el sacrificio por usted y por mí, ahora a nosotros nos corresponde tomar la Palabra, escudriñarla e ir llenando nuestras vidas de ella. Esa bendita Palabra y el Espíritu Santo nos hará saber en qué hemos fallado y así luego poder confesar nuestras faltas al Señor (1 Juan 1:9) y lavarnos y purificarnos.

«¡Oh Dios, cuanto amo yo tu Palabra!» (Salmo 119:97), que hermosa enseñanza tenemos aquí, pues la Fuente de Bronce plasma lo siguiente:

1. El bautismo: Esta es una de las dos ordenanzas dada por nuestro Señor Jesucristo. Con el bautismo nos identificamos con Cristo, pues al sumergirnos en el agua, tipifica Su muerte y al salir del agua tipifica Su resurrección; es decir nosotros morimos al pecado y viviremos una vida acorde a la Palabra de Dios, manifestaremos un estilo de vida que realmente evidencie de que somos nuevas criatura en Cristo. (Colosenses 2:12; Éxodo 29:1,4).

2. Auto-examinarnos antes de tomar la Santa Cena: Aquí tenemos la otra ordenanza dada por nuestro amado Jesús. En el caso del sacerdote tenía que ver su rostro reflejado en la fuente, pues ésta literalmente era un espejo; después tenía que sacar agua para lavarse las manos y los pies, para estar así limpio, y luego entrar al lugar Santo y comer el pan de la Proposición (1ra Corintios 11:27-32; Éxodo 30:20-21). Asimismo debemos hacer nosotros vernos a la luz de la Palabra, ese es nuestro espejo; «Porque si alguno es oidor y no hacedor de la Palabra, es como un hombre que mira su rostro natural frente a un espejo; porque él se mira, y se va, e inmediatamente se olvida de cómo es» (Santiago 1:23-24).

3. Limpieza constante: Cuando aceptamos al Señor Jesucristo como nuestro Salvador el próximo paso es comenzar a escudriñar “Su Palabra” para llenarnos de ella, eso nos impactará por dentro de manera que al poner por obra la Palabra de Dios ya no volveremos a ser igual (Santiago 1:25). Viviremos anhelando cada día más parecernos a Jesús (Efesios 4:15; 2 Corintios 3:18). Recordemos siempre que debemos limpiarnos constantemente de la contaminación de la carne y del espíritu (2 Corintios 7:1) a fin de estar orientados a la “santidad” pues tal como dice Hebreos 12:14 «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor».

4. Examinarse para servir a Dios y ministrar en su templo: Tenemos que examinarnos y darnos cuenta de cuál es nuestra condición espiritual antes de acercarnos al altar ya sea para darle ofrenda de alabanza y adoración a Dios o para ministrar en la iglesia (Hebreos 13:15; Éxodo 30:20-21; Lucas 6:39).

5. La Fuente de Bronce representa en figura la obra del Espíritu Santo (Juan 16:5-15), quien convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8).

Una vez pasado este segundo mueble del Atrio, ya se está habilitado para pasar al Tabernáculo en sí, iniciando con la puerta del lugar Santo, llamada “la Verdad”; de esto hablaré en la próxima infografía.

Quiero finalizar recordándoles, como les he dicho anteriormente, que con este estudio que realizo no pretendo dar una certificada y legítima interpretación de la Biblia, sino más bien expresar desde “mi perspectiva particular” en apego a los conocimientos propios obtenidos por el estudio personal de las Escrituras, la revelación del Espíritu Santo, así como por las enseñanzas compartidas por hombres eruditos de la Palabra de Dios. Espero que estos estudios les sirvan a ustedes para iniciar sus lecturas propias, las cuales sean transformadas en “escudriñar con gozo los tesoros que se encuentran en la Biblia”, de manera que también puedan identificar y ofrecer una aplicación especial y personal a sus vidas y así ser saciados del manjar que el Señor nos brinda en su santa y bendita Palabra.

Dios les bendiga,

Sandra Núñez