«Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9 LBLA).

Una vez la persona comete pecado según el versículo anterior podemos ver que existe una condicionante para alcanzar el perdón y restaurar en nosotros la bondad, la comunión con Dios; y esa condición es “confesar nuestros pecados”.

Desde inicio de la creación el hombre ha tenido dificultad para confesar su pecado, podemos leer en los versículos de abajo, que tanto Adán como Eva buscaron justificaciones para responder a la pregunta que Dios le hizo dando al traste de por qué “pecaron”, mas no hicieron confesión de su “pecado” (desobediencia), sino comenzaron a acusarse uno a otros.

«Y Dios le dijo: ¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé que no comieras? Y el hombre respondió: La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces el SEÑOR Dios dijo a la mujer: ¿Qué es esto que has hecho? Y la mujer respondió: La serpiente me engañó, y yo comí» (Gen 3:11-13 LBLA).

Dios desea que confesemos nuestros pecados, que llamemos al “pecado” tal cual es “pecado”, de ahí viene el significado de la palabra griega “homologeo (confesar) decir la misma cosa”; si decir que lo que Dios ha dicho que es pecado, para usted también es pecado.

Tenemos entrada directa al Padre, al confesar nuestros pecados, equivocaciones, fallas, errores; en fin “pecado”, al hacerlo y apartarnos del mal, el Señor nos restaura. Si nos limpia, tal como limpió al hijo prodigo cuando le confesó a su padre que había pecado. Sí, así como también, al endemoniado de gadareno, quien estuvo bañado y vestido una vez Jesús lo había sanado. Al igual que ellos, Dios desea limpiarnos y vestirnos, ponernos nuevas vestiduras blanca, que reflejen nuestra pureza; desea que nos acerquemos a El que reconozcamos y confesemos nuestros pecados de manera que nos comprometamos a apartarnos del mal, y así alcanzaremos los beneficios que son: perdón, sanidad, liberación, limpieza, misericordia, humildad, amor, bondad, entre otros.

Les dejo con un ejemplo de la oración de confesión que hizo David, cuando el profeta Natán fue a verlo después que cometió adulterio con Betsabé:

«Ten misericordia de mí, oh Dios, debido a tu amor inagotable; a causa de tu gran compasión, borra la mancha de mis pecados. Lávame de la culpa hasta que quede limpio y purifícame de mis pecados. Pues reconozco mis rebeliones; día y noche me persiguen. Contra ti y sólo contra ti he pecado; he hecho lo que es malo ante tus ojos.

Quedará demostrado que tienes razón en lo que dices y que tu juicio contra mí es justo. Pues soy pecador de nacimiento, así es, desde el momento en que me concibió mi madre. Pero tú deseas honradez desde el vientre y aun allí me enseñas sabiduría.

Purifícame de mis pecados, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve. Devuélveme la alegría; deja que me goce ahora que me has quebrantado. No sigas mirando mis pecados; quita la mancha de mi culpa. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí.

No me expulses de tu presencia y no me quites tu Espíritu Santo. Restaura en mí la alegría de tu salvación y haz que esté dispuesto a obedecerte. Entonces enseñaré a los rebeldes tus caminos, y ellos se volverán a ti.

Perdóname por derramar sangre, oh Dios que salva; entonces con alegría cantaré de tu perdón. Desata mis labios, oh Señor, para que mi boca pueda alabarte. Tú no deseas sacrificios; de lo contrario, te ofrecería uno. Tampoco quieres una ofrenda quemada. El sacrificio que sí deseas es un espíritu quebrantado; tú no rechazarás un corazón arrepentido y quebrantado, oh Dios» (Salmo 51:1-17 NTV).

Dios les bendiga,

Sandra Núñez