En esta ocasión les estaré hablando de la parábola más conocida y hermosa que narra nuestro Señor Jesucristo, la "Parábola del Hijo Prodigo", la cual nos habla de la misericordia del Padre hacia sus hijos cuando se arrepienten del mal proceder. Esta parábola va dirigida también a los fariseos quienes debido a su legalismo y religiosidad rechazan las enseñanzas de Jesús en relación a que recibían los pecadores que se les acercaban, esta parábola era una manera del Señor recordarles lo que les había dicho anteriormente «Respondiendo Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento» (Lucas 5:31-32).

Esta parábola tiene 3 personajes, de los cuales les estaré comentando por separado. En esta ocasión hablemos un poquito del hijo pródigo, quien es figura de cada uno de nosotros, los seres humanos.

Interpretando la parábola, podemos ver que el Padre, es figura de Dios; quien acepta la decisión de su hijo de alejarse de Él, solicitándole que le entregase los recursos para poder iniciar una vida sin ningún tipo de limitaciones. Para ello, le pidió a su padre que le entregara “su herencia”. Como bien sabemos y según el Diccionario RAES la herencia es el conjunto de bienes, derechos y obligaciones que, al morir alguien, son transmisibles a sus herederos o a sus legatarios. Este hijo tuvo la osadía de pedir a su padre que le entregara en vida, lo que le correspondía si el padre estuviera muerto. ¿Quién de nosotros se atrevería a pedirle algo así a su padre vivo? No creo que ninguno lo hiciera, pero ese padre concedió la petición de su hijo y le dio su herencia.

Este joven como hijo desobediente partió del hogar de su padre, siendo su anhelo experimentar lo que la lejana tierra podría “regalarle”, exponiéndose a un sin números de tentaciones que luego se convertirían en pecados, las cuales tendrían que enfrentar sin la protección paternal. El estaba decidido a andar en el mundo viviendo independiente como un “prodigo”, palabra que significa disipar, gastar con exceso y desperdicio algo. Así fue, llegó a una tierra lejana era un lugar donde no estaba la cuidadosa vigilancia del padre, y por lo tanto se dejó arropar por los pecados; se embarcó en el libertinaje; se expuso a todos los vicios, convirtiéndose en un siervo y esclavo de todas clases de pecados, llevándole eso a derrochar todo lo que tenía.

Amados hermanos y amigos, la historia del hijo pródigo y su inmersión en el pecado, producto de estar alejado de la presencia de Dios, de vivir en desobediencia a los preceptos establecidos por Él; es igual como sucede hoy día con las personas que están alejadas de Dios o que viven en la tibieza espiritual, quienes han hecho uso de su libre albedrío sin importar la voluntad de Dios. Al igual como muchos de nosotros anduvimos en el pasado, en nuestra vana manera de vivir, nuestro Dios misericordioso nos permite que escojamos cual camino tomar, el ancho o el angosto, y quizás tú que estás leyendo estos comentarios y que estás alejado de Dios pensarás “yo no vivo como el hijo pródigo”, recuerdas lo que dice 1 Corintios 10:23 «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica».

Volviendo a nuestro relato, ese joven quien un día disfrutaba de riquezas, las cuales derrochó caprichosamente en comportamientos desagradable a Dios, llenos de vicios y placeres de la carne. Entonces llega a la miseria a su vida, y una gran hambre tambien llega a aquella ciudad, la cual pudiéramos decir que era gobernada por el príncipe de las tinieblas, el rey del pecado y la maldad; y a partir de ahí comienzan sus circunstancias adversas y experiencias desgastantes que le cambian la vida de "rico a mendigo".

Igual hace el pecado con el hombre, lo despoja de la comunión con Dios y por ende de vivir apartado para Él, es decir en santidad. El pecado deja al hombre en un estado de miseria total, de derrota absoluta, pero aun así hay esperanza de volver a vivir bajo la sombra de nuestro Dios y Señor, a eso vino Cristo a la tierra.

Pero continuemos, a este joven se le habían agotado las salidas y el hambre empezaba a nublar su entendimiento y a sentir la necesidad de saciar su cuerpo de comida, por lo que se acercó a una persona quizás influyente en esa ciudad en busca de trabajo para ganar el sustento. Y que sorpresa el trabajo que le consiguió fue “apacentando cerdos” que como sabemos en ese entonces el cerdo era un animal vil cuya carne era prohibida comer según la ley de Dios.

El hambre era desesperante y lo único que estaba a su alcance era comer “algarroba” siendo esta una cáscara de una planta leguminosa que en oriente es el alimento del ganado y cerdos, como también de personas extremadamente pobres, condición en la que estaba él; es decir nadie le daba un pedazo de pan, lo único que podía comer era “cáscara”. La necesidad lo llevó a reflexionar sobre su condición actual de vida, y dice Lucas 15:17 «Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!». La ciudad que un día él la encontró interesante, ahora reconocía que “aquí me muero de hambre”. Si hermanos, “aquí” era el mundo sin Dios, el mundo de pecados, donde no hay Palabra de Dios, donde la doctrina es trastocada, donde no se lee la Biblia, donde no se ora, en ese lugar se convierte en la tumba de los pecadores que no buscan al Señor.

Wao! Qué tremendo, fue tal el despertar del hijo pródigo, que admitió estar caído, derrotado y dijo «Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó» (Lucas 15:18-20).

El no se consideró merecedor de ser llamado “hijo”, y con esa imagen vemos el “arrepentimiento genuino” del corazón de este joven, estaba dispuesto a ser “siervo” en la casa de su Padre. Pero que hermosa la misericordia de ese “padre” quien estaba afuera de su casa, mirando el horizonte, esperando a que un día su hijo regresara, y fue allá donde lo vio, aun en la distancia, divisó que su hijo regresaba a casa y lo abrazó y besó, le recibió con amor y lo perdonó.

Esta última parte de este relato que estamos hablando hoy, nos hace recordar como nuestro Señor nos perdona cuando venimos a Él con un arrepentimiento verdadero, con un cambio de pensamiento en el cual reconocemos nuestros pecados y nos apartamos, poniendo en práctica lo que dice Proverbios 28:13 «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia».

Mis amados hermanos y amigos, no hay pecado en el mundo que la sangre de Cristo no pueda lavar y perdonar, «Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lucas 15:10).

Mañana continuaremos comentado esta parábola, enfocando en la figura del “Padre”.

Finalizo como siempre recordándoles, como les he dicho anteriormente, que con este estudio que realizo de “Las Parabolas de Jesús”, no pretendo dar una certificada y legítima interpretación de las parábolas, sino mas bien expresar desde “mi perspectiva particular” en apego a los conocimientos propios obtenidos por el estudio personal de las Escrituras, la revelación del Espíritu Santo, así como por las enseñanzas compartidas por hombres eruditos de la Palabra de Dios. Espero que estos estudios les sirvan a usted para iniciar sus lecturas propias, las cuales sean transformadas en “escudriñar con gozo los tesoros que se encuentran en las parábolas de Jesús”, de manera que usted también puedan identificar y ofrecer una aplicación especial y personal a su vida y así ser saciado del manjar que el Señor nos brinda en su santa y bendita Palabra.

Dios les bendiga,

Sandra Núñez